viernes 6 de mayo de 2011

Costas de exilio III

Este de China, septiembre de 1941.

No reunían, desde luego, los cien narradores necesarios para la ortodoxia del "Hyakumonogatari Kaidankai", pero los 48 hombres bajo el mando del capitán Kintaro habían bebido el suficiente alcohol como para preocuparse por tales menudencias.

El escenario elegido era una iglesia ortodoxa de Hankou que había tenido la mala suerte de estar en la ruta de los "diablos" de Kintaro, como gustaban llamarse los hombres de la compañía 34 del VI Batallón del Cuerpo de Ejército estacionado en Nanking. Habían quemado ya todo lo que podía ser quemado en el templo. Despejaron la vasta nave y allí se sentaron formando una amplia elipse con los restos de vituallas y bebidas producto de una semana de saqueos, y en frente de cada uno de ellos, una vela encendida. A Kintaro le gustaba confraternizar con sus hombres, pero desde la autoridad cruel del que tiene en sus manos la vida de sus congéneres. Presidía uno de los extremos de esa elipse, sentado en el suelo y con la katana cruzada sobre sus piernas. A sus flancos se encontraban los sargentos Ikeda y Niyama, sus perros cerberos. Más allá, los soldados más fieles.

Kintaro lanzó un brindis, coreado por la ebria voz del medio centenar de soldados, y procedió a abrir la ronda de relatos, los kaidan. Las 49 velas encendidas, guarnecidas por los cuerpos de los oferentes iluminaban espectralmente el centro del templo, pero a la espalda de los soldados la oscuridad era casi total. Esa era la intención de la ceremonia. Propiciar el ambiente adecuado para que cada uno de ellos contara una historia de fantasmas y al terminar apagara su vela. De tal forma, la tensión iría creciendo mientras los cirios se iban consumiendo. Al final, en este tipo de reuniones, siembre se esperaba algún tipo de señal, normalmente fruto de la histérica imaginación forjada. De momento, sólo el zumbar de las avanzadillas de mosquitos que llegaban desde el cercano y apestoso Yantse, al otro lado de la explanada donde se alzaba el templo, rompía la solemnidad del encuentro.

Cerca de una columna, cuyos iconos habían sido maltratados con las puntas de las bayonetas, estaba Hashichiro Otani, cabo e intérprete de la compañía. Tenía la mirada perdida en un lugar indeterminado de las losas del pavimento dispuestas frente a él. Otani había sido marginado por buena parte de sus compañeros tras el colapso que sufrió en Nanking, más de tres años atrás, cuando ocurrió la masacre. Violaciones masivas, empalamientos, centenares de cabezas cortadas, miles de niños asesinados... El horror que había presenciado, y cuyos salvajes protagonistas fueron muchos de sus propios compañeros, auténticas bestias tras años de guerra, envilecidas por el pavor que tenían a sus oficiales, parecía haberlo trastornado de manera irremediable. Pero su buen conocimiento del chino era indispensable para esa unidad encargada de avanzar casi subrepticiamente en territorio hostil, allí donde ningúna otra fuerza nipona había pisado antes. La mayoría de sus camaradas lo despreciaban, pero había también quien lo temía, sobre todo cuando se despertaba gritando en la noche, no con el estupor propio de los sonámbulos brillando en sus ojos, sino con una llamarada difícil de interpretar, que menguaba cuando acababa de hacerse con el control de su cuerpo.

Frente a Otani, al lado de la vela encendida, reposaba un zurrón donde guardaba su cuaderno de haikus, cuya composición impidió que entrara definitivamente en el oscuro reino de la locura.

Los narradores se sucedían. Tenían que ponerse en pie y elevar la voz para que sus compañeros pudieran oírlos. De esta forma, cuando callaban, el efecto era más intenso. Sus voces quebradas por el sake y aguardiente barato parecían romperse entonces, al tomar asiento. Otani fue uno de los primeros en contar su historia espectral. En realidad, no fue un relato lo que ofreció sino una serie de poemas entrelazados, aparentemente inconexos, que dejaron aburridos a muchos e inquietos a unos pocos. La zona donde estaba el sentado fue, así, una de las primeras en quedar sumida en la oscuridad.

Según se acercaba el climax de la reunión, con la atmósfera preñada ya de imaginación desbocada, el capitán Kintaro comenzó a sentirse inquieto. A cada relato le seguía ese tiempo de silencio, esos intervalos de varios minutos que parecían eternidades, en los que sólo se oía apenas la respiración de los 48 hombres y algún que otro roce de sus ropas de campaña, al removerse en sus sitios. Cuando ya habían procedido a contar sus historias más de dos tercios de la menguada compañía, el silencio se hizo demasiado ostensible, demasiado negro. Los ojos de Kintaro apenas llegaban a percibir las siluetas de los soldados que aún no habían narrado sus kaidan. La angustiosa sensación creció cuando ese silencio se vio acompasado con extraños gorgoteos y por repentinos golpes de respiración provenientes de las zonas de oscuridad más alejadas, donde acababan de ofrecer sus cuentos otros soldados, ya casi los últimos. El capitán Kintaro se debatía entre su propia embriaguez, su deseo de seguir los relatos hasta el final y el miedo que empezaba a temer. Y ese olor, el imaginado olor de la sangre que parecía salir de las historias, y que llevaba su febril memoria a las calles de Nanking, a las escuelas arrasadas, al río enfermo de cuerpos.

Quedaba apenas una decena de hombres por participar en la macabra ceremonia literaria, cuando Kintaro decidió que sus nervios habían tenido más que suficiente. Se levantó de golpe, con los dos sargentos tambaleándose a su lado y derribando sus propias velas aún prendidas. Niyama encendió un quinqué de campaña y lo hizo oscilar de un lado a otro, mientras el capitán Kintaro daba por terminado el juego y ordenaba formar en el centro de la iglesia. No pudo ser. El grito que se escapó de la garganta de Niyama resonó con mil ecos en la nave. Frente a ellos, sólo otros seis soldados se pusieron en pie. En torno suyo y semiengullidos por la oscuridad, yacían los cuerpos degollados del resto de la compañía.

La llegada del amanecer tomó al exiguo pelotón que quedaba de los "diablos" de Kintaro alineando los cadáveres en el centro de la iglesia. Treinta y nueve cuerpos. ¿Habrían sido los guerrilleros chinos? Pero en tal caso, todos tendrían que estar muertos y los primeros el oficial y los sargentos. Nada tenía sentido. Tampoco la desaparición de uno de los soldados, cuyo cuerpo no estaba entre los cadáveres. ¿Dónde se encontraría Otani? Era el más visible a los ojos de la población local por su función de intérprete. En exceso amable con los chinos. Pero eso no explicaba la posibilidad de que pudiera haber sido tomado prisionero. Kintaro se repetía estas cuestiones una y otra vez, queriendo al tiempo apagar otras terribles sospechas que empezaba a formularse.

En enero de 1942, el cabo intérprete Hashichiro Otani fue proclamado desertor, a la vez que se dio curso oficial a la orden de su busca y captura. Esta orden, sin embargo, ya había sido activada dos meses antes. De la persecución se encargó personalmente el capitan Kintaro con media docena de hombres que se adentraron en territorio enemigo, hacia el oeste. De esta patrulla no se volvió a oir más.

lunes 7 de febrero de 2011

Caravanas

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"Sombras de este periplo, no tomaré las cuentas de vuestros collares,
pues en la mañana de los príncipes reclamaré las bendiciones de los hijos de Caleb.
Los peregrinos acercan sus cuencos al manantial sellado. Ciegos están de perfumes de almendras y sus labios rebosan de su amargura.
Y al levantar el alba, el sonido de los timbales apaga el clamor del tráfico, con el ruido abriéndose paso por el humo de las hogueras.
Terribles son los días de los sacerdotes, pues las mujeres pierden la palabra y callan sus cascabeles.
Arrebatados los espacios de comercio, los brillos de abalorios en el polvo y el sudor no nos engañan.
En la orilla del río, los navíos desarbolados hablan dialectos del este. Suya es la esperanza, suya la travesía infinita"

H. Otani
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viernes 4 de febrero de 2011

Revoluciones

En el Cairo, en la plaza de Tahrir, el viento del este se arremolina entre papeles, cascotes y muchos pies. En el instante de la revolución, el extranjero recuerda otras insurrecciones, ecos de muros derribados, tanques con muchachos asustados en las torretas y carreras hacia la libertad en el frío de las grandes llanuras.

Pero esta revolución, quizá, es distinta; sus sonidos avanzan en la noche y se pierden al alba, al acecho de las jaurías de perros. En Egipto se fragua la ruina de un sistema, que es también el nuestro. La plaza de Tahrir se ha convertido en el epicentro de este maremoto que habrá de anegar nuestras costas.

Desde Oriente sopla un viento que habrá de agostar nuestros campos.

domingo 23 de enero de 2011

De tigres y mares




En el horizonte se percibe ya la silueta de la isla. La bruma del amanecer borra el contorno de su base y es la cumbre azul la que se destaca sobre el pálido naranja del alba. A bordo del junco se rompe esa calma que imprime el paisaje y todo es movimiento. Los dayaks se afanan con los cabos sueltos; cuatro filipinos despejan la cubierta y tres siameses cargan los fusiles con parsimonia. Bajo el toldo del castillo de popa, el cocinero chino termina de preparar la comida de primera hora de la mañana: arroz y pescado hervido, sazonado con pimienta y ajo. Nadie puede hacer una mueca ante el aliento de los tigres de la Malasia, pues sus yataganes no dan oportunidad a una inspección tan íntima.

Los disparos de mosquete llenan la playa, pero su ruido no apaga los vítores de aquellos que en la arena aclaman el regreso del Tigre. ¡Sandokán! ¡Sandokán! ... A bordo del junco, por un instante todos quedan casi inmóviles. Mompracem les recibe.
............

Sobre la cama, juega el niño, recortado desde la puerta por la luminosidad de la tarde levantina. Trata de cargar en la pequeña barquichuela de madera tallada el mayor número de soldaditos de plástico, apenas mayores que un botón. Uno de ellos es un soldado japonés con los brazos extendidos. Semeja que ha sido abatido. Pero es el favorito del niño, que lo imagina desafiante con un kris malayo en una de sus manos, capaz de derrotar con el puñal al resto de camaradas, transformados por su imaginación en cipayos. A un lado de la cama yace el tebeo de joyas literarias juveniles sobre Sandokán y el niño, yo mismo hace muchos años, sueña con playas al amanecer y una isla legendaria.
Leo "El regreso de los tigres de Malasia", de Paco Ignacio Taibo II. En el sopor del metro, acrecentado por el calor que da el abrigo de paño, añoro otras vidas, otros lugares. Un mástil engrasado con el pabellón de los piratas malayos, rojo con la cabeza de un tigre.




martes 4 de enero de 2011

El mar

El mar de John Banville me trae recuerdos del norte. Senderos robados a los maizales, un perro dormitando en el umbral del prado y las ruinas vigilantes sobre la embocadura de la ría. De camino a la playa y las rocas, con los bicheros al hombro y un relato de Stevenson picoteando en la memoria, miro hacia la ventana que otea la bahía. Las cortinas están echadas, pero siento que su mano está cerca. Quizá ordena cosas en el interior, escribe una carta o tal vez acaricia una taza de café.

La he visto mirando hacia el mar, ese mar del que, en otra latitud, me habla ahora Banville. "Las olas depositaban una orla de sucia espuma amarilla en el límite de las aguas. Ningún barco estropeaba la línea del alto horizonte"... En el borde del acantilado, sobre el meandro de los seminaristas suicidas, vuelvo la cabeza hacia el caserón desmoronado y más allá. Las cortinas se entreabren y presiento sus ojos fijos en el mar. Cuando regreso, ya entrada la mañana y con las manos magulladas por los pulpos, ella sigue allí e intuyo una sonrisa velada por los visillos.

Han pasado muchos años. Una época ha muerto. Un chalet devoró las ruinas del promontorio y un estacionamiento oculta el maizal en sus entrañas. No reconozco la casa ni tampoco los ojos que acechan bajo los dinteles. Sólo la arena y la bruma del amanecer me han esperado.

Banville susurra, apenas una respiración... "Se marcharon, los dioses, el día de la extraña marea".

lunes 3 de enero de 2011

Niebla


La niebla levanta un muro a menos de veinte metros. El ruido de las pisadas, los guijarros que crujen, acompasan la alerta. Inútil precaución, porque una vez dentro de la niebla, eres parte de ella, te arropa. Eres depredador, nunca más presa. Informes, los edificios se elevan al otro lado de esta frontera. Cuando sus siluetas se definen, has de retroceder. Te haces vulnerable.

Cuando entras en la niebla, es sencillo pasar los límites de su mundo. Sólo hay que ser consciente de ello. Y entonces todo cambia, incluso cuando rasgas de nuevo el velo y retornas. En el crepúsculo mueves los dedos y la sustancia gris de los sueños, la niebla, traza figuras que sólo ves tú. Andas por la librería, abarrotada de gente que por primera vez compra un libro, manido regalo de Reyes, y con un ligero movimiento de la mano invocas a la niebla. Si antes apenas se fijaban en ti, ahora se lanzan ciegos a ocupar el espacio que dejaste y has de esquivar sus moles de bestias claudicantes. Algunos, sin embargo, presienten el miedo, los ojos que brillan en la niebla pero que no pueden ver. Los ojos que, despertados de su letargo, acechan en la frontera de los mundos. Esos ojos que son tus ojos.


martes 11 de agosto de 2009

Un misterio en Montevideo IV. La habitación.

Era una estancia amplia, iluminada por tres lámparas de pared de luz tenue que desdibujaban las sombras en los laterales. En la pared de la derecha había una ventana, la que yo había visto desde el jardín, cerrada con contraventanas de madera y éstas selladas con una barra de hierro horizontal, a manera de cerrojo insalvable. Una cómoda baja cubierta de pequeños objetos y un par de taburetes polvorientos hacían de ese lado de la habitación un espacio anodino, de cuarto mediocre y casi carente de interés. La pared opuesta, la que según mis cálculos daba al largo pasillo de la vivienda, estaba cubierta por una gran librería, con alguna que otra figura que a primera vista parecían de origen oriental. Los libros quedaban envueltos en una penumbra que hacía su número prodigiosamente infinito, tan atestados estaban los estantes. Por las encuadernaciones que distinguía se adivinaban muchos años de atesoramiento, aunque desde el umbral de la puerta no podía leer título alguno que me diera siquiera una idea del carácter del habitante original de la estancia. No obstante, dada la reverencia con la que Anton miraba en torno, ya me había dado cuenta de que no era él.

A los pies de la biblioteca había un diván, o quizá mejor podría calificarlo de camastro, con unos pliegos de papel enrollados como única decoración. Sin embargo, el alma de la habitación estaba en su única mesa, un escritorio que aparecía apoyado contra la pared opuesta a la puerta y sobre el que colgaban, bastante altas, dos de las tres lámparas que iluminaban el cuarto. Esa pared aparecía cubierta en buena parte por cuadros que formaban una agradable geometría desordenada. En realidad no eran pinturas, sino fotografías en blanco y negro o en tonos sepia, todas ellas enmarcadas. Sobre el escritorio había una hilera de libros apoyados en la pared, una caja de madera labrada y un fragmento de mapa descolorido, sujeto en una esquina por un abrecartas de bronce, por una brújula de campaña en otra, y en las otras dos por sendas figurillas de lo que parecían ser budas moldeados de un material oscuro. Un cuadernillo abierto con anotaciones y una estilográfica sobre él completaban el bodegón de objetos que había sobre el mueble.

Las fotografías colgadas sobre el escritorio eran de lo más interesante. Para mi asombro, todas parecían remontarse a la primera mitad del siglo pasado y varias de ellas remitían a la segunda guerra mundial o sus prolegómenos. En una composición se veía a tres oficiales alemanes en una estación de tren, embutidos en los típicos abrigos que llevaban los militares de alto rango de ese ejército. Otra fotografía mostraba una acampada, con un grupo de una docena de personas: cinco hombres occidentales y otros seis de raza mongoloide. Delante de los bienhumorados protagonistas del cuadro aparecían varias cajas de madera con aparatos que parecían sextantes y otros instrumentos de medición. En el extremo izquierdo de la fotografía, sobre una tienda de campaña, ondeaba sombría una enseña con la esvástica.

Una de las fotografías más curiosas era la de una especie de lama o santón, por todas las apariencias chino o tibetano, tomada a guisa de retrato y que mostraba a un hombre joven con el craneo afeitado y ataviado con una túnica. Ese mismo sujeto aparecía en otra fotografía junto a otros dos individuos. Los tres vestían gruesos abrigos y posaban en la loma de una colina, con un paisaje de montañas nevadas como fondo. Los otros dos personajes que acompañaban al oriental parecían de raza blanca: uno de ellos tenía la cabeza descubierta y el pelo alborotado por el viento y muy claro; el otro, aparentemente de más edad que sus compañeros, portaba unas gafas redondas oscurecidas y aparecía tocado con un gorro de piel negro o castaño. Apenas pasaron unos segundos antes de que me diera cuenta de que el hombre de la cabeza descubierta y cabello claro era uno de los tres oficiales alemanes de la fotografía del andén de tren. Para comprobar la identidad había acercado mi rostro hasta casi tocar la fotografía con la nariz. En ese momento, Anton tosió a mi lado. Me estaba sonriendo con un curioso gesto que denotaba la superioridad de quien es dueño de un secreto y apenas levanta la punta del velo que lo cubre.

- "Conservo la habitación como él la dejó. De vez en cuando la limpio, pero nadie pasa. Aunque... ya soy viejo y hay cosas, sucesos, que no me gustaría llevarme a la tumba", dijo, mientras se rascaba en uno de sus gestos habituales el lóbulo de la oreja izquierda. Ante la cara de pasmado que yo debía tener, fue más explícito. "Hasta hace muy poco creía que esta historia estaba muerta. Ahora veo que fui muy ingenuo. Bajo las cenizas había brasas y las brasas arden de nuevo. Pronto el incendio podría devastar muchas vidas, tal y como ocurrió entonces...". "¿De qué me hablas?", le pregunté. "De un cuento, de un secreto que traspasa todo entendimiento. De una historia que jamás debió ser escuchada, al menos no por aquellos que fueron testigos de ella. De una búsqueda que jamás debió ser emprendida".

Entonces, lentamente, Anton Muller alzó el brazo y tocó con el dedo la fotografía de la estación y después la de los tres montañeros. Rozó varias veces la figura del hombre del pelo claro y después acarició la superficie del mapa. Antes de hablar, acercó una silla a la mesa, se sentó y me ofreció otro asiento. "Esos hombres buscaban algo, una piedra... Una piedra que podía llevar a cualquier lugar, sin estar en ninguna parte... la chintamani, la que marca el camino". Sin volverse, con la mirada fija en la telaraña de trazos tipográficos que llenaba el mapa, hizo la última revelación. "El hombre del pelo claro, el líder de esa búsqueda, aquel que removió el hormiguero del infierno y desató la tormenta, ese hombre era mi padre".

Continuará...