Este de China, septiembre de 1941.
No reunían, desde luego, los cien narradores necesarios para la ortodoxia del "Hyakumonogatari Kaidankai", pero los 48 hombres bajo el mando del capitán Kintaro habían bebido el suficiente alcohol como para preocuparse por tales menudencias.
El escenario elegido era una iglesia ortodoxa de Hankou que había tenido la mala suerte de estar en la ruta de los "diablos" de Kintaro, como gustaban llamarse los hombres de la compañía 34 del VI Batallón del Cuerpo de Ejército estacionado en Nanking. Habían quemado ya todo lo que podía ser quemado en el templo. Despejaron la vasta nave y allí se sentaron formando una amplia elipse con los restos de vituallas y bebidas producto de una semana de saqueos, y en frente de cada uno de ellos, una vela encendida. A Kintaro le gustaba confraternizar con sus hombres, pero desde la autoridad cruel del que tiene en sus manos la vida de sus congéneres. Presidía uno de los extremos de esa elipse, sentado en el suelo y con la katana cruzada sobre sus piernas. A sus flancos se encontraban los sargentos Ikeda y Niyama, sus perros cerberos. Más allá, los soldados más fieles.
Kintaro lanzó un brindis, coreado por la ebria voz del medio centenar de soldados, y procedió a abrir la ronda de relatos, los kaidan. Las 49 velas encendidas, guarnecidas por los cuerpos de los oferentes iluminaban espectralmente el centro del templo, pero a la espalda de los soldados la oscuridad era casi total. Esa era la intención de la ceremonia. Propiciar el ambiente adecuado para que cada uno de ellos contara una historia de fantasmas y al terminar apagara su vela. De tal forma, la tensión iría creciendo mientras los cirios se iban consumiendo. Al final, en este tipo de reuniones, siembre se esperaba algún tipo de señal, normalmente fruto de la histérica imaginación forjada. De momento, sólo el zumbar de las avanzadillas de mosquitos que llegaban desde el cercano y apestoso Yantse, al otro lado de la explanada donde se alzaba el templo, rompía la solemnidad del encuentro.
Cerca de una columna, cuyos iconos habían sido maltratados con las puntas de las bayonetas, estaba Hashichiro Otani, cabo e intérprete de la compañía. Tenía la mirada perdida en un lugar indeterminado de las losas del pavimento dispuestas frente a él. Otani había sido marginado por buena parte de sus compañeros tras el colapso que sufrió en Nanking, más de tres años atrás, cuando ocurrió la masacre. Violaciones masivas, empalamientos, centenares de cabezas cortadas, miles de niños asesinados... El horror que había presenciado, y cuyos salvajes protagonistas fueron muchos de sus propios compañeros, auténticas bestias tras años de guerra, envilecidas por el pavor que tenían a sus oficiales, parecía haberlo trastornado de manera irremediable. Pero su buen conocimiento del chino era indispensable para esa unidad encargada de avanzar casi subrepticiamente en territorio hostil, allí donde ningúna otra fuerza nipona había pisado antes. La mayoría de sus camaradas lo despreciaban, pero había también quien lo temía, sobre todo cuando se despertaba gritando en la noche, no con el estupor propio de los sonámbulos brillando en sus ojos, sino con una llamarada difícil de interpretar, que menguaba cuando acababa de hacerse con el control de su cuerpo.
Frente a Otani, al lado de la vela encendida, reposaba un zurrón donde guardaba su cuaderno de haikus, cuya composición impidió que entrara definitivamente en el oscuro reino de la locura.
Los narradores se sucedían. Tenían que ponerse en pie y elevar la voz para que sus compañeros pudieran oírlos. De esta forma, cuando callaban, el efecto era más intenso. Sus voces quebradas por el sake y aguardiente barato parecían romperse entonces, al tomar asiento. Otani fue uno de los primeros en contar su historia espectral. En realidad, no fue un relato lo que ofreció sino una serie de poemas entrelazados, aparentemente inconexos, que dejaron aburridos a muchos e inquietos a unos pocos. La zona donde estaba el sentado fue, así, una de las primeras en quedar sumida en la oscuridad.
Según se acercaba el climax de la reunión, con la atmósfera preñada ya de imaginación desbocada, el capitán Kintaro comenzó a sentirse inquieto. A cada relato le seguía ese tiempo de silencio, esos intervalos de varios minutos que parecían eternidades, en los que sólo se oía apenas la respiración de los 48 hombres y algún que otro roce de sus ropas de campaña, al removerse en sus sitios. Cuando ya habían procedido a contar sus historias más de dos tercios de la menguada compañía, el silencio se hizo demasiado ostensible, demasiado negro. Los ojos de Kintaro apenas llegaban a percibir las siluetas de los soldados que aún no habían narrado sus kaidan. La angustiosa sensación creció cuando ese silencio se vio acompasado con extraños gorgoteos y por repentinos golpes de respiración provenientes de las zonas de oscuridad más alejadas, donde acababan de ofrecer sus cuentos otros soldados, ya casi los últimos. El capitán Kintaro se debatía entre su propia embriaguez, su deseo de seguir los relatos hasta el final y el miedo que empezaba a temer. Y ese olor, el imaginado olor de la sangre que parecía salir de las historias, y que llevaba su febril memoria a las calles de Nanking, a las escuelas arrasadas, al río enfermo de cuerpos.
Quedaba apenas una decena de hombres por participar en la macabra ceremonia literaria, cuando Kintaro decidió que sus nervios habían tenido más que suficiente. Se levantó de golpe, con los dos sargentos tambaleándose a su lado y derribando sus propias velas aún prendidas. Niyama encendió un quinqué de campaña y lo hizo oscilar de un lado a otro, mientras el capitán Kintaro daba por terminado el juego y ordenaba formar en el centro de la iglesia. No pudo ser. El grito que se escapó de la garganta de Niyama resonó con mil ecos en la nave. Frente a ellos, sólo otros seis soldados se pusieron en pie. En torno suyo y semiengullidos por la oscuridad, yacían los cuerpos degollados del resto de la compañía.
La llegada del amanecer tomó al exiguo pelotón que quedaba de los "diablos" de Kintaro alineando los cadáveres en el centro de la iglesia. Treinta y nueve cuerpos. ¿Habrían sido los guerrilleros chinos? Pero en tal caso, todos tendrían que estar muertos y los primeros el oficial y los sargentos. Nada tenía sentido. Tampoco la desaparición de uno de los soldados, cuyo cuerpo no estaba entre los cadáveres. ¿Dónde se encontraría Otani? Era el más visible a los ojos de la población local por su función de intérprete. En exceso amable con los chinos. Pero eso no explicaba la posibilidad de que pudiera haber sido tomado prisionero. Kintaro se repetía estas cuestiones una y otra vez, queriendo al tiempo apagar otras terribles sospechas que empezaba a formularse.
En enero de 1942, el cabo intérprete Hashichiro Otani fue proclamado desertor, a la vez que se dio curso oficial a la orden de su busca y captura. Esta orden, sin embargo, ya había sido activada dos meses antes. De la persecución se encargó personalmente el capitan Kintaro con media docena de hombres que se adentraron en territorio enemigo, hacia el oeste. De esta patrulla no se volvió a oir más.
Otra vida
Hace 1 día

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