El
"Mein Kampf" de Hitler, con DVD incluido, comparte espacio con la copia
pirateada del último libro de Paulo Coelho; las memorias de un
guerrillero que combatió junto al Che en las selvas bolivianas aunque
eludió su destino de plomo, con un misterioso ejemplar de "El retorno de
los brujos", de Pauwels y Bergier, en el que se menciona al misterioso
arqueólogo nazi Edmund Kiss, que anduvo fisgoneando por estos lares pero no logró demostrar que también los arios, cansinos, fundaron Tiahuanaco...
El mercado de los libros cercano a la catedral de San Francisco, en La
Paz, es un universo aparte en el que me gusta perderme antes de enfilar
la peatonal calle Comercio camino de la plaza Murillo, el corazón de
esta capital del Altiplano. Hoy estaba cortada la del Comercio, con
mineros y sus mujeres de protesta, sentados cantarines en un extremo, y
la policía motorizada (van de dos en dos en las motos, como novios
amorosos) en el otro. En medio, la calle vacía, sin los puestecitos de
gorras y ponchos, chuches y rica yuca frita, y sin los vendedores de
parcelas para tumbas del Cementerio central de la ciudad andina.
Tanta seguridad, no por los viejos mineros con borsalino y sus animosas
mujeres con bombín, sino porque hoy acudía al Palacio de Gobierno, sito
en la plaza Murillo, el ínclito Evo Morales a presentar la reforma que quita todo obstáculo a la celebración de huelgas. Paso más que otra cosa
simbólico en un país en el que las manifestaciones y algaradas laborales
han hecho tambalearse a los Gobiernos durante décadas.