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lunes, 7 de febrero de 2011

Caravanas

...
"Sombras de este periplo, no tomaré las cuentas de vuestros collares,
pues en la mañana de los príncipes reclamaré las bendiciones de los hijos de Caleb.
Los peregrinos acercan sus cuencos al manantial sellado. Ciegos están de perfumes de almendras y sus labios rebosan de su amargura.
Y al levantar el alba, el sonido de los timbales apaga el clamor del tráfico, con el ruido abriéndose paso por el humo de las hogueras.
Terribles son los días de los sacerdotes, pues las mujeres pierden la palabra y callan sus cascabeles.
Arrebatados los espacios de comercio, los brillos de abalorios en el polvo y el sudor no nos engañan.
En la orilla del río, los navíos desarbolados hablan dialectos del este. Suya es la esperanza, suya la travesía infinita"

H. Otani
.....

viernes, 31 de julio de 2009

Un misterio en Montevideo III

Finalmente vi la oportunidad de acorralarle. No fue difícil, pues parecía distraido y con la defensa desguarnecida. A pesar de la velocidad con que lancé mi caballo contra sus líneas, no intentó protegerse tras el bastión que había dejado allí intacto. Incluso creo que estaba esperando mi último golpe. Cuando éste llegó, simplemente hizo una mueca, me lanzó una de sus miradas brutalmente azules y, por unos instantes, apenas un par de segundos, la clavó en la sellada puerta del fondo de la sala. Ni siquiera hice el esfuerzo de tocar su rey con mi álfil cuando le asesté el jaque mate, pues me había dado cuenta de la dirección de esa mirada. La luz indirecta de las tres lámparas que iluminaban la estancia dejaba al margen la pequeña puerta, como si quisiera evitarla. Sólo un pequeño destello del candado que reforzaba su secreto la situaba en el mismo plano espacial de la pieza central del hogar de Müller.

Acudía a menudo en tardes grises como ésta a su casa, intentando ahuyentar los fantasmas del invierno montevideano con un poco de compañía, ahora que L. y el niño estaban en España y los perros sólo contribuían a incrementar esa melancolía. Después de conocerle y de que me contara algunos detalles de su prodigioso pasado, hicimos una buena amistad. Aprovechábamos nuestros tozudos, pero poco concretos esfuerzos con el ajedrez para charlar durante horas en los desocupados fines de semana sobre mil y un asuntos, aunque el cauce de la conversación acababa siempre abandonando esos meandros y entrando en el angosto desfiladero de esa parte oscura de su memoria que desde un principio me había hechizado. Fue la casualidad la que me llevó a Anton Müller. La casualidad y un mensaje escrito en alemán en una nota olvidada pero nada inocente. "Dort ist die Mündung des altes Musses". Cuando le mencioné por primera vez esas palabras extrañas, su mirada se afiló e hizo de mí su prisionero durante varios minutos. Pero, como si de pronto estuviera saliendo de una habitación oscura y entrando en otra bellamente iluminada, una media sonrisa le aclaró el rostro, a la par que asentía y se acariciaba el bigote cano con el índice de la mano derecha. "Un día te contaré", se limitó a decir, para, a continuación, arrebatarme del intuido misterio con toda la locuacidad que sabía desplegar en la sabiduría de sus 74 años, su portentosa memoria, sus comentarios literarios y, sobre todo, en sus relatos sobre Asia, pasión que ambos compartíamos casi con desmesura.

Ese día había llegado. Tomó un sorbo de la taza de te que tenía junto al tablero de ajedrez, pareció meditar -o dudar- un instante, y se levantó con una agilidad extraña a su edad en dirección a la puerta. Estaba situada en la pared más alejada del ventanal del jardín y la habitación que sellaba tenía una pequeña ventana que daba a este recinto, como ya había advertido en una de esas tardes claras del otoño austral que había compartido con Anton, sentados en el banco de madera y bajo la vieja acacia, mientras mezclábamos a Holderlin con los versos negros del japonés Otani, a quien él conoció en su juventud.

Anton abrió un cajón de la cómoda que flanqueaba la puerta y sacó una llave, una entre muchas de las decenas que guardaba como una extraña colección en ese mueble. No podía haber pensado en mejor escondite, sin duda. Un instante antes de introducir la llave de bronce en la herrumbrosa cerradura, pareció detenerse, pero inmediatamente sacudió la cabeza mientras me animaba a seguirle. La oscuridad me envolvió al cruzar el umbral, que la tensión y curiosidad del momento me hacían imaginar como el de un olvidado mausoleo. No iba desencaminado, como comprobé cuando Anton Müller encendió la luz del cuarto.

jueves, 16 de abril de 2009

Costas de exilio I



Retomé la pista de Hashichiro Otani en la Biblioteca Nacional de Montevideo, entre unos volúmenes gastados de poco conocidos autores y mecenas extranjeros que hicieron donaciones a los fondos de esta entidad hace décadas. La lóbrega estatua de Dante, guardián de la sabiduría concentrada y velada en este centro del saber, pareció hacerme un guiño al salir de la biblioteca con mi moleskine en la mano, preñado de notas. Mi primer contacto con Otani fue en Japón, cuando un asesor cultural de la Embajada mexicana en Tokio me pasó las referencias de este oscuro autor, cuya vida aparece repleta de incidentes novelescos, con el misterio peleándose con la tragedia para llenar los anaqueles de su efímera, pero intensa trayectoria literaria.

Según el tratado de literatura japonesa que me prestó este diplomático, Hashichiro Otani nació en Tokio en la primavera de 1917, en el seno de una familia de artesanos que se decía emparentada con un famosa saga de samuráis. El acomodo de los padres de Otani le permitió asistir a una buena escuela, pero la insistencia en dar al pequeño Hashichiro una formación técnica para así ponerle al frente del negocio se topó con la resistencia del niño. Desde muy joven Otani se interesó más por las tradiciones y literatura de un Japón que iba cediendo a la influencia de Occidente a una velocidad vertiginosa. De aquella época, apenas en la adolescencia, son los versos siguientes, tal y como aparecían en el libro:

"En la tristeza de las ranas
el tiempo descartado
se empareja con la memoria"

o también aquel haiku:

"No siento las lágrimas
en el umbral del otoño.
Sólo pájaros en el campo"

A pesar de su juventud, Otani se fue haciendo sitio con rapidez entre los poetas que frecuentaban los barrios nororientales de Tokio, de dudosa reputación pero marcados en esos años treinta por un afán de la bohemia y un inútil querer distanciarse del disparatado espíritu de los tiempos. Mayor influencia tuvieron en Otani los clubes de poetas de Takayama, una hermosa localidad del centro montañoso de Japón donde sus padres tenían una finca y una casa solariega, y donde anidaban esos aires de grandeza feudal venidos muy a menos.

La guerra en China cerró las puertas a la carrera literaria de Otani, al menos a la carrera reconocida. Los sueños aristocráticos de su padre se vieron truncados cuando no pudo hacer nada, pese a los descoloridos papeles con los que trataba de convencer a los oficiales que reclutaron a Hashichiro, para enviar a su vástago a una escuela de oficiales. Había obviado el doloso pero indispensable trámite de adjuntar una generosa suma de dinero. De esta guisa, Otani acabó embarcado como soldado raso rumbo a la turbulenta Manchuria, donde los nipones imponían la paz fúnebre del Manchukuo desde principios de la década.



Durante dos años, Hashichiro participó en una vida más o menos sosegada de cuartel, con eventuales incursiones bélicas, que no supusieron mayor menoscabo a su integridad física que un par de cicatrices cuando volcó el camión que le llevaba junto a su pelotón en una maltrecha carretera del nordeste de China. De esos tiempos son estos versos de Otani.

"Alambradas y tijeras
rasgan el papel amarillo
del verano de mi vida"

"En otoño, los árboles son marciales
y sus hojas, descosidas por el viento
caen rebeldes ante tanta disciplina"

Otani ya había dejado de seguir los preceptos clásicos de los haiku, traicionando así ese apego que de muy joven sentía por el tradicionalismo nipón. Sin embargo, guardó siempre esa nostalgia de la que se jactaron siempre los grandes poetas japoneses, empeñados en maquillar la voluble inconsistencia de su sufrimiento y desdicha con el devenir físico de las estaciones.

"Siempre acabo con el rostro
aplastado contra la almohada
para no oir el lamento de la marea"

...añadía en otros renglones.



El punto de inflexión en la vida de Hashichiro Otani quedó determinado por el agravamiento del conflicto y la resistencia . Fue enviado a Nanking, donde fue testigo, en diciembre de 1937, de la bestialidad imperial nipona. Violaciones en masa, empalamientos, decapitaciones, asesinato de niños y ancianos, torturas, torturas, torturas... la locura de Otani comenzó entonces, según el escritor que trazaba sus bosquejos biográficos. El joven soldado, ya convertido en cabo, servía como traductor del idioma mandarín que había aprendido en Manchuria, antes de ser destinado al sureste de China para participar en los cada vez más numerosos combates. Esa posición le llevó a ser testigo de los brutales interrogatorios a cargo de los sádicos oficiales nipones. De esa época apenas quedan poemas, salvo retazos que revelan ese desquiciamiento.

"Llora, llora, llora,
y nadie le escucha,
nadie,
mientras se ahoga en el pozo"

o

"El pequeño se agarra, desconsolado,
al pecho de su madre
pero ya no hay pecho, ya no hay madre"

No se sabe exactamente cuándo desertó Otani. Debió ser a fines de 1943 o principios de 1944, cuando ya la guerra tomaba otro rumbo, una vez que Estados Unidos y Gran Bretaña comenzaron a retomar posiciones en Asia. Sí se conoce, porque así dejó él mismo constancia en varias cartas enviadas desde remotos lugares del sur de China, que esa habilidad con el lenguaje local le permitió unirse a algunas de las columnas de refugiados que como hormigas desorientadas por un pisotón se movían por todo el país. Emprendió rumbo al oeste y en algún momento de 1945 entró en el Tibet, o el territorio que entonces era aún conocido como Tibet. De esa época su hermana conservó varios versos de las cartas recibidas. Su padre se había suicidado en febrero de 1944, tras confirmarse la deserción de Otani.

"El ocaso me llama
y voy, sin descanso,
colgado del vuelo de una golondrina"

o también estos versos

"Noche larga, triste,
la montaña se hace mi amiga,
y me habla por mis llagas"

Estos poemillas estaban en la última misiva que envió Otani a su hermana Keiko. Después cayó el silencio. Años de silencio hasta que su pista se recupera en 1955 precisamente en este país, en Uruguay.

Mañana termino de contarte la hermosa historia de un poeta loco japonés en el confín de América.